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sábado, 21 de febrero de 2009

Los Héroes Anónimos

Dr. Ernesto Contreras

Todos los cristianos evangélicos, agradecidos por los héroes que Dios usó para darnos patria y libertad (como la de poder adorar a Dios como bien nos parezca), y en obediencia al mandamiento de Dios que dice: “Honren a todos, amen a los hermanos, teman a Dios, honren al rey,” y “paguen a todos lo que les deban: al que tributo, tributo; al que respeto, respeto; al que honra, honra,” honramos, respetamos, y veneramos a los próceres y héroes de nuestra patria, y respetamos los símbolos patrios, como la bandera, escudo, e himno nacionales, pues dice la Biblia que “esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagamos callar la ignorancia de los hombres insensatos; y que vivamos como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios.” Pero muchos estamos concientes de que la grandísima mayoría de los que dieron su tiempo, talentos, servicio, y vida para que nosotros gozáramos del más precioso e inalienable de los derechos, que es la bendita libertad, fueron héroes anónimos de los que prácticamente sólo Dios, se enteró de su servicio a favor de todos nosotros.
De la misma manera, en el cuerpo humano, cada una de los miles de millones de células, independientemente de que su vida y función se prolonguen durante sólo unos cuantos días, o durante meses o años, cumplen, como héroes anónimos, en forma discreta e imperceptible, con una misión necesaria y útil, que le permite a todo el organismo subsistir y cumplir con sus tareas en forma adecuada. Así, la mayor parte de las células de nuestro cuerpo, sobretodo las que están en órganos internos como el riñón, el hígado y el páncreas, aunque rara vez son apreciados, reconocidos, aplaudidos y honrados, son las responsables de que todos nosotros, hasta hoy, esté aquí, funcionando y gozándo de la vida.
La Biblia enseña que la iglesia militante o terrenal (el conjunto de todos los salvos, de toda lengua, pueblo y nación, que peregrina temporalmente por esta tierra, rumbo a la patria celestial), es el Cuerpo de Cristo, y que todos nosotros, sea que vivamos o sirvamos fielmente a Dios un día o cien años, siguiendo la verdad en amor, y creciendo en todo, en Aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor, somos los miembros e instrumentos útiles, que Cristo usa para que la iglesia entera sobreviva y funcione cumpliendo su bendita misión terrenal. Pero al igual que en los dos ejemplos anteriores, en donde sólo unos cuantos héroes son reconocidos por todos, en el cuerpo de Cristo, la mayoría de nosotros, servimos a Dios y a la iglesia, como héroes anónimos, pues sólo Dios sabe, registra, y recuerda, todo lo que por amor a Jesucristo y a la iglesia, y en obediencia a sus mandamientos y propósitos, hemos hecho durante toda nuestra vida cristiana. Realmente son pocos los héroes de la fe cuya vida y obra han quedado consignadas en la Biblia (como en Hebreos 11), y en los libros de historia de la iglesia; pero debemos saber que nada de lo que hemos hecho como buenos hijos, siervos, ministros, e instrumentos de Dios, ha sido tirado al olvido, pues la Biblia enseña que en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme al evangelio, serán abiertos los libros (de las obras), y Dios, de acuerdo a lo consignado y escritas en ellos, dará coronas, galardones, premios, y reconocimientos a cada uno; y que a los que perseverando en bien hacer, buscan gloria, honra, e inmortalidad, se les dirá: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo, porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; fui forastero, y me recogiste; estuve desnudo, y me cubriste; enfermo, y me visitaste; en la cárcel, y viniste a mí.” Pues Dios no es injusto para olvidar nuestra obra y el trabajo de amor que hemos mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún.
Jesucristo dijo: “A cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto les digo que no perderá su recompensa.” No nos cansemos, pues, de hacer bien, de cumplir nuestras tareas y ministerios en el Cuerpo de Cristo, por muy discretas y sencillas que parezcan, y de servir fiel y perseverantemente a Dios, porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, aunque nadie aparte de Dios nos lo reconozca, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe, y cuidémos siempre de darle las gracias y la honra a Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hermanos míos amados, perseveremos firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que nuestro trabajo en el Señor no es en vano. AMEN.

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